Allí
completé durante trece meses, mi servicio militar
obligatorio. Me desempeñé como encargado
del Tiro al Ciervo, encargado del Tiro al Pichón
y en diversas tareas de Secretaría.
Aclarada mi presencia por cierto involuntaria en esta
Institución, vayamos al grano, esto es a lo
que interesa a los cultores y amantes de la escopeta…
lo demás es otra historia.
Llevaba
yo un libro con el stock de palomas, que se alojaban
en un gran jaulón existente donde hoy se encuentra
el sector de arquería, y como a las mismas
había que alimentarlas y cuidarlas de depredadores,
frecuentes por aquella época, un tal Fuentes
se ocupaba de tales menesteres, habitando al efecto
una precaria construcción levantada en inmediaciones
del palomar.
Las palomas
eran provistas por un tal Campos, el que las obtenía
en los viejos palomares de construcción cilíndrica,
frecuentes en las viejas estancias. Iba de noche con
sus ayudantes, tapaba la salida superior con una lona,
y capturaba un número limitado de animales,
con el propósito de evitar su extinción
en el lugar.
Sábados
y domingos por la tarde, a partir de las 14 o 15 horas,
daba comienzo a esta modalidad de tiro deportivo.
Por la mañana le encargaba a Fuentes, el número
de palomas que se utilizarían y que variaba
de acuerdo al número estimado de tiradores.
En días normales se tiraban unas doscientos
o trescientas palomas, mientras que en los torneos
Aniversario, 25 de mayo, 9 de julio, etc, el número
alcanzaba las mil o mil quinientas palomas.
Sin perjuicio
de los pools organizados por los mismos tiradores,
la institución estimulaba la actividad mediante
premios, que por lo general eran libras esterlinas
de oro, sin perjuicio de trofeos tales como copas,
medallas y plaquetas que se entregaban en los grandes
torneos.
Como ya
adelantara mas arriba, la sesión de tiro habitual
se llevaba a cabo de la siguiente manera: Reunidos
los tiradores en número suficiente, me instalaba
en una mesa y debajo de una sombrilla. En la mesa
levantaba una pirámide de cajas de cartuchos
para su venta y colocaba una caja metálica
con llave, en la que guardaba las “fichas”
y dinero sencillo para vueltos.
Contrataba
a un número variable de chiquilines de la zona
para el armado de las trampas cúbicas, reposición
de palomas y recolección de las heridas o muertas.
En una
planilla asentaba a los tiradores y en una sucesión
de casilleros los aciertos y los yerros; como asimismo
el número de fichas y cajas de cartuchos vendidos.
En un gran pizarrón situado a mi derecha, se
colocaba una tablilla con el nombre del tirador, y
siguiendo la línea del mismo existían
una serie de pitones, encima de los cuales figuraba
pintado el número de orden de los sucesivos
aciertos o desaciertos.
En los
pitones se colocaba una medalla roja por la “papa”
o blanca por la paloma abatida. Los tiradores adquirían
las fichas de aluminio, en las que figuraba la imagen
de una paloma, a razón de una por cada ave.
Asentados en la planilla y en la pizarra, por orden
de llegada, daba comienzo a la sesión a viva
voz: ¡Fulano a la pedana! ¡Se prepara
Zutano!
Al lado
de la pedana, existía una especie de bunquer
subterráneo, en el que la cabeza del operador
quedaba a ras de tierra. La obligación de éste
era controlar que el tirador depositara en una caja
ranurada y sellada con llave, la ficha que le daba
derecho a tirar una paloma, pues no faltaba algún
pícaro que en un momento de distracción
introducía una moneda o un botón.
Luego accionaba
la “ruleta” y sin poder
ver el número obtenido en suerte, marchaba
hacia la marca. Esta ruleta, era un disco de madera
colocado sobre un eje horizontal, y con números
del 1 al 5 pintados en su borde. En cada número
había un clavo sobre el que accionaba un fleje
de metal que frenaba el elemental sistema, hasta el
número que le tocaba al tirador ya ubicado
en la marca de la pedana.
El operador
comprobaba el número y accionaba la palanca
correspondiente al mismo, cuando el tirador daba la
orden. Las palomas volaban de la misma manera que
hoy lo hacen la hélices, algunas partían
como misiles sin ser tocadas por las municiones, otras
iniciaban un lento despegue, para lucimiento del tirador
y de vez en cuanto, alguna se le daba por caminar
alrededor de la trampa abierta; en este caso el tirador
tenía derecho a “dos bochas”.
Los chicos
encargados de la reposición de palomas, a la
orden del tirador, arrojaban hacia la paloma en forma
sucesiva dos bochas pintadas de color rojo, con el
objeto de provocar su vuelo. Si así lo hacía…
no volaba más de un metro! Si seguía
caminando, no obstante los bochazos, tenía
derecho a otra paloma sin cargo.
Los pools,
o torneos se organizaban por ejemplo, a diez, quince
o veinte palomas y la cantidad de libras esterlinas
de oro, instituidas como premio variaba de acuerdo
al número de tiradores, cantidad de palomas
y derecho de inscripción. Las palomas muertas
eran donadas a asilos de niños huérfanos
del partido. Si bien la practica de esta modalidad
podía ser calificada de cruel por espíritus
sensibles, cierto es que constituía un eficaz
método de control de plagas, agradecido por
los chacareros, que hoy ven surcos enteros sin plantas
emergentes, debido a la voracidad de esta ave.
Pues bien, finalizando el año de colimba en
un destino de privilegio, con algunas vicisitudes
como ser la de una gran inundación que asoló
las inmediaciones y nos obligó a albergar durante
una semana a mas de mil personas en las galerías
de tiro, la tecnología reemplazo a la elemental
“ruleta” por un sistema
electrónico, y en algún bolsillo de
mi uniforme quedó como recuerdo la “ficha-vale
una paloma”.
Es una
reliquia que conservé durante cuarenta años.
Creo que en manos de los tiradores con escopeta, herederos
de los tiradores a la paloma, encontrará el
sencillo valor que amerita el recuerdo de tiempos
pasados y en especial, del amigo Horacio Gallo.
Atentamente
Dr. Luis Festa.
