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Historia de una ficha.

 

En el año 1.967, y después de haber completado período de instrucción en el G.A.D.A. 101 de Ciudadela, fui destinado al Tiro Federal de Lomas de Zamora, en el marco de colaboración con estas entidades que llevaba a cabo la Dirección General de Tiro.

Allí completé durante trece meses, mi servicio militar obligatorio. Me desempeñé como encargado del Tiro al Ciervo, encargado del Tiro al Pichón y en diversas tareas de Secretaría.
Aclarada mi presencia por cierto involuntaria en esta Institución, vayamos al grano, esto es a lo que interesa a los cultores y amantes de la escopeta… lo demás es otra historia.

Llevaba yo un libro con el stock de palomas, que se alojaban en un gran jaulón existente donde hoy se encuentra el sector de arquería, y como a las mismas había que alimentarlas y cuidarlas de depredadores, frecuentes por aquella época, un tal Fuentes se ocupaba de tales menesteres, habitando al efecto una precaria construcción levantada en inmediaciones del palomar.

Las palomas eran provistas por un tal Campos, el que las obtenía en los viejos palomares de construcción cilíndrica, frecuentes en las viejas estancias. Iba de noche con sus ayudantes, tapaba la salida superior con una lona, y capturaba un número limitado de animales, con el propósito de evitar su extinción en el lugar.

Sábados y domingos por la tarde, a partir de las 14 o 15 horas, daba comienzo a esta modalidad de tiro deportivo. Por la mañana le encargaba a Fuentes, el número de palomas que se utilizarían y que variaba de acuerdo al número estimado de tiradores. En días normales se tiraban unas doscientos o trescientas palomas, mientras que en los torneos Aniversario, 25 de mayo, 9 de julio, etc, el número alcanzaba las mil o mil quinientas palomas.

Sin perjuicio de los pools organizados por los mismos tiradores, la institución estimulaba la actividad mediante premios, que por lo general eran libras esterlinas de oro, sin perjuicio de trofeos tales como copas, medallas y plaquetas que se entregaban en los grandes torneos.

Como ya adelantara mas arriba, la sesión de tiro habitual se llevaba a cabo de la siguiente manera: Reunidos los tiradores en número suficiente, me instalaba en una mesa y debajo de una sombrilla. En la mesa levantaba una pirámide de cajas de cartuchos para su venta y colocaba una caja metálica con llave, en la que guardaba las “fichas” y dinero sencillo para vueltos.

Contrataba a un número variable de chiquilines de la zona para el armado de las trampas cúbicas, reposición de palomas y recolección de las heridas o muertas.

En una planilla asentaba a los tiradores y en una sucesión de casilleros los aciertos y los yerros; como asimismo el número de fichas y cajas de cartuchos vendidos. En un gran pizarrón situado a mi derecha, se colocaba una tablilla con el nombre del tirador, y siguiendo la línea del mismo existían una serie de pitones, encima de los cuales figuraba pintado el número de orden de los sucesivos aciertos o desaciertos.

En los pitones se colocaba una medalla roja por la “papa” o blanca por la paloma abatida. Los tiradores adquirían las fichas de aluminio, en las que figuraba la imagen de una paloma, a razón de una por cada ave. Asentados en la planilla y en la pizarra, por orden de llegada, daba comienzo a la sesión a viva voz: ¡Fulano a la pedana! ¡Se prepara Zutano!

Al lado de la pedana, existía una especie de bunquer subterráneo, en el que la cabeza del operador quedaba a ras de tierra. La obligación de éste era controlar que el tirador depositara en una caja ranurada y sellada con llave, la ficha que le daba derecho a tirar una paloma, pues no faltaba algún pícaro que en un momento de distracción introducía una moneda o un botón.

Luego accionaba la “ruleta” y sin poder ver el número obtenido en suerte, marchaba hacia la marca. Esta ruleta, era un disco de madera colocado sobre un eje horizontal, y con números del 1 al 5 pintados en su borde. En cada número había un clavo sobre el que accionaba un fleje de metal que frenaba el elemental sistema, hasta el número que le tocaba al tirador ya ubicado en la marca de la pedana.

El operador comprobaba el número y accionaba la palanca correspondiente al mismo, cuando el tirador daba la orden. Las palomas volaban de la misma manera que hoy lo hacen la hélices, algunas partían como misiles sin ser tocadas por las municiones, otras iniciaban un lento despegue, para lucimiento del tirador y de vez en cuanto, alguna se le daba por caminar alrededor de la trampa abierta; en este caso el tirador tenía derecho a “dos bochas”.

Los chicos encargados de la reposición de palomas, a la orden del tirador, arrojaban hacia la paloma en forma sucesiva dos bochas pintadas de color rojo, con el objeto de provocar su vuelo. Si así lo hacía… no volaba más de un metro! Si seguía caminando, no obstante los bochazos, tenía derecho a otra paloma sin cargo.

Los pools, o torneos se organizaban por ejemplo, a diez, quince o veinte palomas y la cantidad de libras esterlinas de oro, instituidas como premio variaba de acuerdo al número de tiradores, cantidad de palomas y derecho de inscripción. Las palomas muertas eran donadas a asilos de niños huérfanos del partido. Si bien la practica de esta modalidad podía ser calificada de cruel por espíritus sensibles, cierto es que constituía un eficaz método de control de plagas, agradecido por los chacareros, que hoy ven surcos enteros sin plantas emergentes, debido a la voracidad de esta ave.

Pues bien, finalizando el año de colimba en un destino de privilegio, con algunas vicisitudes como ser la de una gran inundación que asoló las inmediaciones y nos obligó a albergar durante una semana a mas de mil personas en las galerías de tiro, la tecnología reemplazo a la elemental “ruleta” por un sistema electrónico, y en algún bolsillo de mi uniforme quedó como recuerdo la “ficha-vale una paloma”.

Es una reliquia que conservé durante cuarenta años. Creo que en manos de los tiradores con escopeta, herederos de los tiradores a la paloma, encontrará el sencillo valor que amerita el recuerdo de tiempos pasados y en especial, del amigo Horacio Gallo.

Atentamente Dr. Luis Festa.